Chávez, hombre de palabra

El certero -casi lacónico- mensaje del “Por ahora”, pronunciado por el comandante Hugo Chávez el 4 de febrero de 1992, fue apenas el anuncio de una prédica y un ideario encarnados en la figura y la voz de un inusual líder político y un comunicador excepcional. De memoria y palabra facilísimas, Chávez resaltó en infinidad de ocasiones el anecdotario y los capítulos fundamentales de su tránsito vital e histórico, en un registro verbal que combinaba la más genuina intuición y sabiduría popular con la aguda observación y el riguroso análisis.

“Cuentos del Arañero” (2012) de Orlando Oramas León y Jorge Legañoa Alonso, es un aventajado testimonio del Hugo Chávez oral y esencialmente humano que dibuja la figura de un líder que trasformó la historia de Venezuela. De este texto presentamos a continuación una selección de extractos como homenaje y reafirmación de su memoria. Descargue aquí el libro Cuentos del Arañero.
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  • No lo paraba nadie

    No lo paraba nadie

    Un día después del 4 de febrero (…) me llama el general del DIM: “Mira, aquí está el general Heinz, que quiere hablar contigo”. “¿Quería una muestra? ¿Quería un pecadillo?”. “Bueno, -dijo Heinz- lo felicito Chávez, de verdad, no pudimos detener esto”. “No, es que no lo iban a detener, mi general —le dije yo— ni que me hubieran arrestado a mí, o a Arias, o al otro; esto no lo paraba nadie. Es un proceso imparable, inevitable, eso no depende de un hombre. Si usted me hubiera agarrado preso hace un año o dos años, quizás hubiera sido hasta peor”. Y en verdad era así, fue un proceso desatado. Era la revolución que volvía.

  • Yo vendría a buscarte

    Yo vendría a buscarte

    Mi abuela Rosa Inés nos enseñó a Adán y a mí a leer y a escribir antes de ir a la escuela. Fue nuestra primera maestra. Ella decía: “Tienes que aprender, Huguito”. Las letras redonditas que ella hacía. Quizás de ahí viene mi pasión por la lectura, por la buena escritura, la buena ortografía, no cometer ni un error. Algunos me sufren, porque yo soy que si el acentico, la comita, la forma de la prosa incluso, y del verso de cuando en cuando. Ella me decía, ya yo militar: “Huguito, usted sálgase de ahí, usted no sirve para eso”. Y a mí me gustaba el Ejército, y le preguntaba: “¿Por qué no sirvo para eso, abuela?” “Usted es muy ‘disposicionero’, usted inventa mucho”. Dígame después, cuando, ya de teniente, de vacaciones, llegué un día a la casa con otros cadetes; nos sentamos ahí y yo puse a Alí Primera: “Soldado, vuelca el fusil contra el oligarca”. Ella tenía esa inteligencia innata de nuestro pueblo y oía el canto de 7 Hugo Chávez Frías Alí Primera. Se fueron los compañeros y me dijo: “¿Se da cuenta? Usted se va a meter en un lío, porque yo estoy oyendo esa música y usted se la pone a sus compañeros, Huguito, Huguito”. ¡Ay!, la abuela.

  • Mi general Pérez Arcay

    Mi general Pérez Arcay

    Mi general Pérez Arcay nos conoció el alma a la muchachada militar de los ‘70. En una carta de Pérez Arcay, como una espada, nos dice: “Alguien tenía que hacerlo, les tocó a ustedes, muchachos, estoy con ustedes”. A Yare fue una vez a vernos en prisión. No lo dejaron entrar y se quedó parado de plantón. Le dijo a un oficial: “Capitán, soy el general Pérez Arcay, como no me dejan entrar, vine a pagar plantón frente a mi comandante Chávez, que está allá adentro”. Aquel general se paró dignamente debajo del sol durante tres o casi cuatro horas, pagando un plantón ahí, llevando sol frente a Yare, como espiando cosas. Es uno de nuestros grandes maestros: Jacinto Pérez Arcay (…) Una noche casi que le digo: “Mi general estamos a punto de alzarnos”, solo que la disciplina revolucionaria me impidió decírselo. Yo estaba seguro que, de decírselo, él se hubiera incorporado al movimiento revolucionario. Desde sus tiempos de teniente coronel –éramos nosotros imberbes cadetes– nos hablaba en el Patio de Armas: “Muchachos, Bolívar; muchachos, Sucre; muchachos, Miranda; muchachos, Zamora; ahí está la raíz de ustedes, muchachos militares del siglo XXI”.

  • Estoy vivo de broma

    Estoy vivo de broma

    Cuenta mi madre que estoy vivo de broma, de bromita estoy vivo (…) (…) estaba ahí como a medianoche. Todo oscuro. Mi papá no había llegado. Yo estaba en la cuna. Adán estaba con mi abuela en el otro cuarto. Mi mamá oye un ruido en la oscuridad que hace: “¡Asss, asss!” Ella pela por la linterna y alumbra. Cuando ve algo debajo de mi cuna, ¡era una tragavenado, compadre! Mi mamá me agarró y salió disparada. Llamó a mi tío Ramón Chávez, que en paz descanse, quien mató la culebra con un machete o un palo. A la tragavenado la colgaron del techo y la cola pegaba en el suelo. El grueso era como el de un caucho de carro. Era una culebra que tenía azotada a la conejera de mi abuela. Se había comido ya varias gallinas y andaba buscando un bachaquito, fíjate. Yo estoy vivo de broma.

  • Salí resucitado

    Salí resucitado

    No estoy exagerando. Muchos hombres cumplieron un papel, algunos heroicos, algunos dieron la vida, pero las mujeres venezolanas cumplieron el papel determinante en aquellas jornadas de los días 12 y 13 de abril de 2002 (…) Después me sacan de Fuerte Tiuna y me llevan en helicóptero cerca de la media noche a Turiamo. Me querían matar en Fuerte Tiuna, pero un grupo de oficiales lo impidió (…) Entonces me llevan a una enfermería de la base naval y aparecen otra vez las mujeres: una doctora y una enfermera, militares las dos. La doctora me chequea esa madrugada. Y la enfermera, una mujer joven, morena, de Barlovento me dijo que era. La doctora salió y ella se queda (…) Entonces, aquella muchacha me dice: “Mi mamá lo quiere tanto. Y mi hijo, si usted lo viera cuando usted sale por televisión, se para firme y saluda”. Yo le pregunto: “¿Y tú hijo, ¿cuántos años tiene?”. “Tiene tres”. “Cómo se llama”, y tal… Ella me habla y se va llorando. Exploté… y me metí en el baño a llorar, pero en esas lágrimas me pasaban todos los niños pobres del mundo, los descalzos (…) Después me lavé la cara, me senté en una sillita. Y juré una vez más: “Yo tengo que volver”.

  • El Arañero

    El Arañero

    Ustedes saben que yo vendía “arañas” (…) Desde niño, más o menos, tengo noción de lo que es la economía productiva y cómo vender algo, cómo colocarlo en un mercado. Mi abuela terminaba las arañas y yo salía disparado (…) A la salida de la misa estaba yo, mire, con mi bichito aquí: “Arañas calientes”, no sé qué más. Y le agregaba coplas: “Arañas calientes pa’ las viejas que no tienen dientes, “arañas sabrosas, pa’ las muchachas buenamozas”, cosas así. Arañas calientes, araña dulce, pa’ no sé qué. Yo inventaba, ya casi se me olvidaron las coplas. A las muchachas yo les cantaba. Dígame si salía por ahí Ernestina Sanetti, ¡ah!, yo le cantaba. Ernestina Sanetti, Telma González, de las bonitas del pueblo. Entonces vendía mis arañas ahí donde estaban el mercado y la concentración.

  • Las catacumbas del pueblo

    Las catacumbas del pueblo

    Recuerdo muy claramente el día que salí de prisión, 26 de marzo de 1994. Era Semana Santa del ‘94 y allá, en Los Próceres, en los monolitos, una de las primeras preguntas que me hizo algún periodista fue algo así como esto: “¿Y ahora usted adónde va?” Recuerdo haber dicho: “Me voy a las catacumbas del pueblo”. Y desde entonces nos fuimos.

  • Gente honrada

    Gente honrada

    Había tiempos difíciles cuando la abuelita no podía hacer el dulce. Yo le decía a Luis Alfonso, el bodeguero, donde compré toda la vida: “Luis Alfonso, vengo a fiar un bolívar de plátano”. Y él anotaba ahí, porque estábamos pasando por una situación difícil. Pero luego me ponía las pilas, como decíamos. Mi abuela hacía doble dulces, yo vendía más rápido y le pagábamos la locha o el bolivita que nos había dado fia’o Luis Alfonso. La gente humilde es honrada.

  • El primer discurso

    El primer discurso

    Recuerdo la primera vez que di un discurso, cuando llegó el primer obispo a Sabaneta de Barinas. Estaba en sexto grado y me pusieron a leer unas palabras, a darle la bienvenida al obispo González Ramírez, algo así se llamaba. Y ese mismo año, un 12 de marzo de 1966, me correspondió leer también un discurso en la Plaza Bolívar, de Sabaneta de Barinas, a nombre de los muchachos del Colegio Julián Pino, donde hice mi primaria. Nunca se me olvida una frase de ese discurso que escribió mi padre: “La bandera que trajo Miranda y Bolívar condujo con gloria”. Eso se me grabó para siempre.

  • Anoten ese zurdo

    Anoten ese zurdo

    Recuerdo cuando decidí venirme a la Academia Militar a probar suerte en la vida, porque quería ser pelotero profesional (…) Y me vine a Caracas a buscar a Chicho Romero, un tío político que estuvo casado muchos años con una 34 Cuentos del Arañero tía mía, hermana de mamá (…) Al día siguiente Chicho me llevó a la Academia Militar y presenté mi examen. ¿Sabes a quién conocí ese día? A Héctor Benítez, que es para mí un padre. Siempre lo veo, estuvo en Cuba en el juego que hicimos. Héctor fue, precisamente, quien me anotó en una lista ese otro día que Chicho me lleva porque yo tenía una materia reprobada en quinto año. (…) Saqué nueve en el examen final, así que en la Academia no aceptaban con materia raspada. Pero nos probaron en el beisbol. Héctor Benítez era coach de bateo del equipo de la Academia. Yo tuve suerte. Me lanzaron tres rectas pegadas y metí tres líneas hacia la banda derecha. Recuerdo que Héctor Benítez dijo: “Anoten ese zurdo”. Anotaron al zurdo Hugo Chávez y por eso entré yo a la Academia Militar de manera temporal, mientras reparaba la materia.

  • Píntalo de verde

    Píntalo de verde

    Fue en Barinas en 1976. Un capitán me decía: “Usted tiene que poner esa grama verde”. Yo era subteniente y le decía: “Mi capitán, pero estamos en verano”. No. “Es que viene la Inspectoría del Ejército y la grama tiene que estar verde, Chávez”. Y unos soldados echándole agua, a aquella grama, que más seca se ponía porque se quemaba con el vapor del llano. Y le decía: “Pero, mi capitán, usted tiene que explicarle al Inspector que venga, que estamos en verano y aquí en verano la cosa se pone seca. Él tiene que entender eso”. “No, eso tiene que estar verde”. ¿Sabe la instrucción que me dio?, pintarlo con spray, pintura verde. ¡Ah!, porque era lo que exigían y el que hacía eso le ponían muy bien. Pero a lo mejor no revisaban la moral del soldado. A lo mejor no le hurgaban el alma para ver cómo estaba la tropa, sino la forma, la apariencia. Ahora las Fuerzas Armadas no son eso. Ahí han cambiado los patrones y procedimientos en función de lo que debe ser la Fuerza Armada: moral mística, voluntad de servicio, trabajo, sacrificio, servicio a la comunidad.

  • Les metimos duro a los gringos

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    Estábamos haciendo el curso de Estado Mayor y trajeron como sesenta gringos. Era parte del plan del Gobierno de aquel entonces para tratar de influir en nosotros y frenar la rebelión que ya venía, palpitaba (…) Bueno, así que hicimos un juego de guerra ahí y le metimos medio pa’ los frescos en el juego de la guerra. Les tomamos hasta la retaguardia a los gringuitos esos. Entonces se me acerca uno, un coronel: “Comandante, ¿usted cómo es que se llama?”. “Yo soy el comandante Chávez”. Me dijo: “Usted es bien agresivo pa’ jugar a la guerra”. (…). Jugamos softbol y los matamos, les ganamos por nocaut. Tenían a un gringo ahí, así grandote, que pulseaba y le ganaba a todo el mundo. Le dije yo: “A mí me vas a ganar, pero a que no le ganas a mi compadre Urdaneta” (…) o. A Urdaneta las arterias parecía que se le iban a explotar, vale, pero aquel hombre nada. Hasta que el gringo empezó, miren, a “culipandear”. ¡Pum! ¡Le volteó Urdaneta la mano al gringo! Les ganamos en todito a los gringos esos. Están muy equivocados los que andan diciendo por ahí: “Una invasión gringa, una invasión de Estados Unidos y no duraría cuatro horas la guerra”. O “los Estados Unidos controlarían este país sin necesidad de poner una bota aquí”. No lo controlarían ni con un millón de botas. ¡A este país no lo controla nadie! ¡Sólo los venezolanos podemos echar este país adelante!, ¡sólo nosotros podemos hacerlo!

  • El Caracazo

    El Caracazo

    Y llegó el lunes 27 de febrero. Llegué muy temprano aquí a Palacio. Me sentía mal de salud, tenía un malestar, venía de San Joaquín (…) En la tarde me fui a la Universidad Simón Bolívar, estábamos haciendo el postgrado. Recuerdo con mucho cariño mis profesores de postgrado, algunos me critican hoy, pero no importa, recuerdo aquellos debates. Profesores algunos de izquierda, pero la mayoría de derecha. Esa noche no hubo clase en la universidad debido a los disturbios (…) Me vine a Palacio esa noche, llame a mi general y le dije: “Mire, yo acabo de ver esto, esto y esto, y aquí en el centro de Caracas hay humo” (…) Entré a Fuerte Tiuna y me tocó verlo en guerra. Fui a buscar gasolina con un compadre que era coronel. Me senté en su oficina y veo en el televisor aquel desastre. Salgo al patio, los soldados corriendo y unos oficiales mandando formación y a buscar los fusiles. Y le digo: “Mi coronel, ¿qué van a hacer ustedes?”. “¡Ay, Chávez!, yo no sé qué va a pasar aquí. Pero la orden que llegó es que todas las tropas salgan a la calle a parar al pueblo”. “¿Pero cómo lo van a parar?”. “Con fusiles, con balas”, incluso dijo: “Que Dios nos acompañe, pero es la orden” (…) El 27 de febrero, sonaron las dianas del 4 de febrero. Como soldados nos sentíamos tan avergonzados, tan adoloridos después de aquella tragedia y recordábamos siempre entonces aquella centella que fue Bolívar cuando dijo: “Maldito el soldado que vuelva las armas contra su pueblo”.

  • 4 de febrero

    4 de febrero

    El 4 de febrero de 1992 la operación fue exitosa en el Zulia, fue muy exitosa en Maracay, en Valencia también; pero aquí en Caracas no funcionó el plan por distintas razones, entre otras porque en la Escuela Militar alguien nos traicionó (…) Yo reuní a las tropas que tenía bajo mi mando allí en el cuartel, oficiales y tropa y es lo que él llama “el primer por ahora”. Eso fue amaneciendo ya, el sol estaba levantando. Les di un saludo a mis tropas y oficiales y mandé: “Pabellones, armen, y a la izquier… Quedan a la orden del coronel del Museo Histórico y sus oficiales”. Entregué las tropas y pedí respeto para ellos, y es cuando me dice Santeliz: “Chávez, ahora hay que tener cuidado, porque la orden es que salga de aquí muerto”. Santeliz, Altuve y el mismo coronel del Museo ayudaron a simular, porque había francotiradores rodeando aquello, con orden de que yo no saliera vivo. Cuando me dicen que la orden es matarme y los F-16 pasaban muy bajito, entonces ahí me llegó la idea de la muerte. Yo dije: “¿Y por dónde vamos a salir para que no me cacen los francotiradores que ya han matado a por lo menos tres soldados de los míos?”. Me llegó la noción de la muerte, y ¿saben qué recuerdo? Un pensamiento rápido: “Rosita, María, Huguito, yo hoy no muero”.

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